Gregorio A. Caro Figueroa
Columnista invitado

MIRADOR DEL DIA

Nos cruzamos de vereda o cruzamos esa vereda

El pasado argentino, también su presente, están atravesados de antinomias y enconos. Mucho antes que un teórico alemán colocara en el centro de la política el antagonismo amigo-enemigo, esa categoría beligerante estaba instalada en nuestras querellas políticas, intoxicando la vida cotidiana, las relaciones personales y hasta los vínculos familiares.

Por Gregorio A. Caro Figueroa para NDS |

Ilustración "Duelo a garrotazos" (Goya)

Nuestro pasado y presente se parecen al ruedo arenoso de una plaza de toros en donde transcurre la confrontación entre provincianos y porteños, crudos y cocidos, unitarios y federales, pueblo y oligarquía, conservadores de “el régimen” y radicales de “la causa”, personalistas y antipersonalistas, antiperonistas y peronistas, verticalistas y antiverticalistas, “patria peronista” y “patria socialista”

Ruedo y duelo donde, de forma incruenta, se salía victorioso y en andas o, arrastrado por la violencia, se derramaba sangre o se perdía la vida. Contra lo que algunos creen, esos rencores no impregnaron  a toda la sociedad argentina. Ellos no se generalizaron: se enquistaron, estuvieron vivos y permanecieron en el tiempo, con firmeza y esterilidad de granito, en algunos sectores o facciones que se presentan o son considerados como la totalidad del país.

En esta manía de generalizar ocurre algo semejante a esos cortes tajantes de los que se abusa para explicar, con simplificaciones, esquemas y reduccionismos, fenómenos sociales complejos.  De derecha a izquierda, y viceversa, suelen pasar por atractivos y rigurosos los cortes generacionales o los troquelados clasistas.

Desgastado lugar común es atribuir ideas, comportamientos y hasta sensibilidades similares a quienes erámos jóvenes en los años ’60. Este procedimiento de mutilación es tan simple como tramposo: reducir la categoría joven a la escala del micro universo estudiantil.

El siguiente paso consistía en describir los rasgos de los jóvenes universitarios que se proclamaban “comprometidos” con ideas o pequeños grupos políticos para concluir afirmando que ese micro universo representaba a toda la generación de los ’60 y que esa generación fue la que imprimió sus rasgos a esa época.

Aunque pasaron 57 años desde el comienzo de la década de 1960, cuya frescura marchitó y arrancó de raíz la década del ‘70 en la que resonó la consigna y la práctica fascista de “¡Viva la muerte!”, cuando la violencia desalojó la política. Hoy, contra viento y marea, los que “no han olvidado ni aprendido nada”, se permanecen atrincherados en esa mentalidad simplista y maniquea.

Lo que algunos llaman “la Argentina silenciosa”, usando esa expresión de forma despectiva, persisten en el error. Un error no puede ser adjudicado a un único sector ideológico o político. Sectas de retardatarios y progresistan siguen cultivando ese mismo huerto de hierbas venenosas.

Hoy, la mayoría de los adultos que recordamos los años ’60 y ’70 no suscribimos las visiones recortadas y sectarias, empeñadas en realimentar “las dos Argentinas”, fragmentación impuesta por pequeñas sectas, facciones o bandos que, en nombre de supuestos ideales, desencadenaron y atizaron la violencia que ensangrentó el país. El odio, como señaló Ortega y Gasset “es un afecto que conduce a la aniquilación de valores”.  

Aquella Argentina del “¡Viva la muerte” resulta ajena e indeseable a la inmensa mayoría de los jóvenes nacidos a partir de 1983. Inmolarse en nombre de un dogma no forma parte de los deseos de esos jóvenes, en cuyo nombre hablan antiguos profetas del odio. El país de minorías activas, sean elites de yuppies enriquecidos, o de elites vanguardistas e iluminadas, no es el país real que ambos invocan, viviendo de espaldas a él.   

Desconfianza y miedos comenzaron a paralizar la sociedad a partir de 1970, cuando recrudeció la escalada de violencia y ésta se expresó como terrorismo organizado. Fue a partir de entonces que, enfermos de sospechas y temores, algunos comenzaron a cruzarse de vereda cuando nos veían. Pero también nosotros tuvimos la misma actitud.

Hoy está en manos de la sociedad civil, de los ciudados ejerciendo su libertad y sus derechos, dejar atrás y superar esa nefasta Ley del Odio que atravesó gran parte de nuestro pasado. Es esa “Argentina invisible” a la que le corresponde impedir que esos residuos radiactivos del odio frustren nuestra convivencia.

La democracia no pregona unidad ni unanimidad, ideal totalitario que sacrifica la libertad individual en el altar de las dictaduras. La democracia aporta una caja de herramientas, instituciones y valores que no cortan de cuajo los conflictos, pero que permiten resolverlos dentro de la ley. La democracia “es el arte de saberse dividir”, confrontando las diferencias de modo civilizado.

Por primera vez, en muchos años, ahora los argentinos tenemos la posibilidad de dejar atrás ese gesto de cruzarnos de vereda, y de comenzar a practicar la buena costumbre de cruzar la vereda de los antagonismos y las diferencias, los interesados en perpetuar la Ley del Odio presentan como irreconciliables.

No serán, por sí solos, el poder político, ni las ideologías, ni los hombres providenciales los que sacarán al país de este círculo vicioso ni los que derogarán esa Ley del Odio. Será el relevo generacional, las miradas limpias, la reflexión, la recuperación de los valores y de la ética los que podrán lograrlo.

De lo que se trata es de instaurar un orden social basado en el respeto mutuo, condición necesaria para construir amistad cívica, el modo más pacífico y efectivo de consolidar una democracia republicana, a la altura de nuestra madurez como sociedad y de los desafíos de nuestro tiempo.-

  • Gregorio A. Caro Figueroa, periodista e historiador
  • gregoriocaro@hotmail.com

 

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