La ceremonia ancestral de la Pachamama también tiene una explicación científica
La licenciada Katia Gibaja sostiene que muchas de las prácticas del 1 de agosto nacieron como respuestas sanitarias y comunitarias mucho antes de la llegada de los españoles.
Advierte que con el tiempo se incorporaron creencias que cambiaron, en algunos aspectos, el espíritu de la celebración, cuyo eje es el agradecimiento a la Madre Tierra.
Cada 1 de agosto familias salteñas renuevan el homenaje a la Pachamama con sahumados, ofrendas y ceremonias que atraviesan generaciones.
Sin embargo, detrás de muchas de esas prácticas existe una explicación vinculada a la observación de la naturaleza, la salud y la organización comunitaria de los pueblos andinos.
Así lo explicó la licenciada en Psicología Katia Gibaja, formada en la Universidad de Buenos Aires y dedicada desde hace años al estudio de la identidad andina.
Su trabajo en el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM) por veinte años, la Fundación Ecos de la Patria Grande y la Academia de Quechua Qollasuyu de Salta, en la actualidad le permitió profundizar en los conocimientos ancestrales de las comunidades del noroeste argentino.
A pasar agosto
Según Gibaja, el tradicional dicho “hay que pasar agosto” tiene un origen muy diferente al que suele creerse. Antes de la llegada de los españoles, las comunidades observaron que durante esta época del año aumentaban las muertes de bebés, ancianos y personas enfermas.
La explicación, sostiene, estaba relacionada con la llegada de los vientos Zonda, que transportaban bacterias, insectos y otros agentes frente a los cuales la población no contaba con suficientes defensas inmunológicas. Por esa razón, entre el 30 y el 31 de julio se realizaba una limpieza profunda de las viviendas y el 1 de agosto se las sahumaba con plantas aromáticas y desinfectantes. En la actualidad esa práctica continúa utilizando incienso, mirra o sándalo, que además del efecto aromático mantienen un fuerte valor espiritual.
La especialista explicó que otra costumbre era beber el “qoimi”, una preparación elaborada con harinas de quinoa, maíz, habas y otras plantas ricas en nutrientes que fortalecían el organismo antes de atravesar el invierno.
También recomendaban consumir los cítricos propios de la estación para reforzar las defensas.
En las celebraciones se repiten los valores del incario, que enseñaban: “primero hay que dar para recibir”. Gibaja subrayó que esos principios hablan del trabajo compartido, la reciprocidad, la solidaridad y la hermandad. “Estos valores nos ayudaban desde siempre en la cultura andina a comprender la convivencia humana. No existía la individualidad como parte del comportamiento: todo era comunitario, una unidad. De allí que se hablaba de la cultura del maíz”, concluyó.
Una cultura comunitaria
La investigadora de la cultura andina, Katia Gibaja, al analizar los homenajes a la Pachamama a lo largo de los siglos, advirtió que con el paso del tiempo muchas prácticas fueron incorporando interpretaciones ajenas a la tradición ancestral. “Hoy algunas personas creen que la Pachamama sirve para pedir una casa, un auto o bienes materiales, cuando en realidad la ceremonia fue creada para agradecer”, explicó.
También descartó creencias populares como la de interpretar que un cigarrillo apagado durante la ceremonia anuncia una muerte o un hecho de mala suerte. Según indicó, se trata de interpretaciones modernas que no forman parte de la esencia original.
Respecto de quién debe conducir la corpachada, señaló que tradicionalmente son los mayores de la comunidad, quienes heredaron esos conocimientos de padres y abuelos y los transmiten con profundo respeto.
Un compromiso con la Madre Tierra
Entre los elementos que suelen entregarse durante las celebraciones, Gibaja destacó la pulsera Kaitu Lloqe, tejida con dos colores y colocada en la muñeca izquierda, cerca del corazón. Lejos de ser un amuleto de buena suerte, representa un compromiso personal con la Madre Tierra para procurar que las acciones correctas superen a los errores cometidos durante el año.
“La pulsera no trae suerte ni desgracia si se rompe o se cae. Lo importante es el compromiso de quien la porta para con la Madre Tierra, eso es lo que simboliza”, afirmó.
“La comunidad era la verdadera fortaleza. Los pueblos andinos entendían que nadie podía vivir solo”, sostuvo, al tiempo que insistió en que el agradecimiento es la base de la celebración. Recordó con emoción la ceremonia a la que asistió en Perú, en el Templo del Sol, donde desde hace 500 años se lleva adelante este homenaje tal como lo hacían los Incas, hoy con un sincretismo cargado de sentimiento y energía.
La corpachada
Gibaja señaló que entre el 1 y el 15 de agosto la Madre Tierra “descansa”. Durante ese período las familias observaban el comportamiento del suelo antes de decidir dónde sembrar y aprovechaban para realizar la corpachada, el homenaje comunitario a la Pachamama.
La ceremonia consiste en abrir una pequeña boca en la tierra —no un gran pozo— donde cada integrante deposita sus ofrendas con ambas manos en señal de agradecimiento por el agua, los alimentos y todo lo recibido durante el año. Entre las ofrendas nunca faltan el maíz, las hojas de coca y los frutos que brinda la tierra.
Para la psicóloga, el verdadero sentido de la ceremonia está basado en los principios del mundo andino, especialmente el agnyi, valor que enseña que primero hay que dar para luego recibir, promoviendo la reciprocidad, el trabajo compartido, la solidaridad y la vida comunitaria. Incluso explicó que el maíz representa ese modelo de convivencia: un alimento cuyos granos son individuales, pero permanecen unidos formando una sola mazorca, símbolo de una comunidad organizada.

