Salta antaño y hogaño: un salteño memorioso, desmedido y trajinante
Por Gregorio A. Caro Figueroa
Borges imaginó la Historia como un espejo roto, cuyos fragmentos varían en tamaño y valor. Algunos son grandes y documentados; otros, apenas partículas de recuerdos de personajes importantes o autobiografías de “gente común”. Este último es el caso de Alberto Delac y su abundante equipaje de memorias.
Nacido en Salta a finales de 1867, en los turbulentos días de la invasión del caudillo riojano Felipe Varela, Delac decidió en 1937 escribir los recuerdos de su agitada vida, pocos meses después de la muerte de su esposa, con quien convivió 44 años. “De modestos padres, sin más bienes de fortuna que el penoso trabajo personal. Mi viejo era carpintero, lo que significaba ser pobre, y por lo tanto con los inconvenientes y desventajas que explicaré”, anotó.
Sus abuelos habían sido importantes propietarios de tierras en Rosario de la Frontera y su bisabuela paterna dueña de una de las fincas más extensas de la zona. Pero los costos de la Guerra de la Independencia y el paso de los años transformaron a los Delac en “desgraciados pobres decentes”. En sus memorias reconoció que algunos miembros de la clase privilegiada eran “hombres buenos, caritativos y sencillos”.
En aquellos años, recordó, Salta era una ciudad colonial de apenas 16.000 habitantes: “Un feudo donde imperaban varias familias aristócratas dueñas de casi todo el territorio, parientes entre sí, que se repartían por turno el Gobierno local y la representación nacional y provincial, menospreciando a los que no eran de su clase y fortuna”.
En 1938 entregó en Buenos Aires el manuscrito de sus recuerdos a la imprenta de Juan Castagnola. El libro, titulado Toda una vida. Viajes y recuerdos de un argentino en su patria y países limítrofes, reunió 166 páginas rústicas en 29 capítulos. A sus 70 años, antes de que se borraran sus memorias, decidió escribirlas “buscando distraer mi abatido espíritu”. Lo definió como su “primera y póstuma obra escrita”, testimonio “de un viejo argentino muy apegado a su tierra, apasionado por viajes y aventuras, de lo que ha procurado contarte con la mayor sencillez, sin pretensión alguna de escritor”.
Cuatro años después, en 1942, publicó El linyera. Estudio y análisis de algo que pasa en nuestra tierra y llamada civilización contemporánea moderna, un doloroso testimonio sobre la vida de los desamparados. Delac se acercó a ellos, escuchó sus padecimientos y procuró comprender y ayudar.
Fue un personaje excesivo. De joven marchó a Buenos Aires en busca de trabajo y ejerció diversos oficios. Adherido a la Unión Cívica Radical, participó con armas en la sublevación de 1905, encontrando apoyo en José Camilo Crotto, político con sensibilidad social, senador nacional y gobernador bonaerense. Su impulso viajero y apetito de conocimientos lo llevaron a recorrer el Chaco salteño, la Puna, Jujuy, Corrientes, Santiago del Estero, Córdoba, Mendoza, Entre Ríos, Tucumán, Santa Fe, Chubut y parte de Chile, Brasil, Uruguay y Paraguay.
“No está en mi ánimo pretender ser literato o escritor”, advirtió. Sin embargo, su obra fue valorada por Adolfo Prieto en Literatura autobiográfica argentina. Queda pendiente rescatar y reconocer la importancia de Delac junto a otros desterrados de la República de las Letras, como Ciro Torres López y Tomás Yañez.
Volveremos sobre la vida y obra de Alberto Delac.


