Salta

1.325 kilómetros después, la amistad se fundió en un abrazo añorado

La 5ª Promoción del Instituto Padre Gabriel Tommasini cumple 50 años de egresados y, en ese contexto, un grupo de sus integrantes decidió hacer algo que venía rondando desde hacía tiempo y que lo propuso Héctor Alarcón: viajar hasta Montecarlo, en la lejana Misiones, para visitar —y sorprender— a otro de aquellos compañeros de secundaria.

En principio iban a ser nueve. Después, como suele ocurrir, las obligaciones fueron bajando pasajeros y finalmente quedaron cinco: Luis Aramayo (Negrito 1), Héctor Alarcón (Negrito 2), Daniel Centeno (Dani), Miguel Balduzzi (Chinito) y el “Cabezón”, el escribiente.

El objetivo era que Marcelo no supiera absolutamente nada. Para lograrlo hubo una cómplice imprescindible: su esposa, Silvia. Ella adhirió inmediatamente a la idea y ayudó a preparar la emboscada.

El grupo partió el martes 8, hizo noche en Itatí y llegó a Montecarlo el miércoles 9.

El plan era sencillo. Cerca de las 13, Silvia mandaría a Marcelo a buscar empanadas a un restaurante y allí estarían esperándolo sus compañeros.

Los cinco llegaron alrededor de las 12.30 y se escondieron en el garaje. Cuando Marcelo apareció, Alejandro, dueño del lugar, consiguió llevarlo hasta allí.

Y entonces ocurrió.

—Noooo… ¿de dónde aparecen? Mirá este… ¡Qué sorpresa, hermano! No lo puedo creer… ¡Qué lo parió! ¡Qué sorpresa, no me la esperaba!

Después llegaron los abrazos. Esos que no necesitan demasiadas explicaciones cuando detrás existen cincuenta años de historia.

Pero Marcelo encontró las suyas:

—Estos son los amigos, los hermanos que me dio la vida; mi Salta querida, que no la olvido. Esta es la sangre que quiero siempre.

Hubo más abrazos, almuerzo y, posteriormente, su imprescindible siesta, que dejó a los viajeros librados a su suerte y con tiempo suficiente para acomodar los bártulos en Cabañas Cristina.

Un lugar absolutamente recomendable. Y conviene hacer una aclaración para evitar interpretaciones políticas: el nombre es por su propietaria, Cristina Keller, no por la Cristina más famosa.

Un pequeño lugar de ensueño, con siete camas para cinco hombres que, a esa altura, ya empezaban a descubrir que el viaje tendría bastante más para ofrecerles que aquello que habían ido a buscar.

Por la noche llegó un exquisito asado en casa de Marcelo y Silvia.

Quién es Marcelo

Marcelo Eduardo Mosquera es un profesor de Educación Física ya jubilado. Cordobés de nacimiento, el trabajo de su padre hizo que parte de su vida transcurriera en Salta, donde terminó integrando aquella 5ª Promoción del Instituto Padre Gabriel Tommasini.

Terminados sus estudios secundarios, como tantos otros jóvenes de aquella época, salió a buscar trabajo. Su primer destino fue Noroeste Construcciones, como administrativo. Meses después pasó por el Hotel Provincial y posteriormente por el Hotel Misoroj. Allí conoció a una persona que le ofreció trabajo en un hotel de Paraná y hacia allí partió.

Más tarde decidió estudiar el profesorado de Educación Física en Santa Fe. Allí conoció a Silvia Knoth, con quien se casaría después de recibirse.

Silvia es oriunda de Montecarlo y finalmente ambos se radicaron en esa localidad misionera en 1982.

Tuvieron tres hijos: Jaela, que actualmente vive en Buenos Aires; Agustín, radicado en Eldorado, y Ángela, establecida en Madrid, España.

Montecarlo, mucho más que un lugar en el mapa

Montecarlo es una ciudad del norte misionero, recostada sobre el Paraná y atravesada por la Ruta Nacional 12. Con más de 30 mil habitantes, es conocida como Capital Nacional de la Orquídea y Capital Provincial del Deporte.

Está rodeada de ese verde intenso que parece patrimonio exclusivo de Misiones. Se encuentra a unos 120 kilómetros de Puerto Iguazú y aproximadamente 180 de Posadas.

Su identidad está fuertemente vinculada con los viveros y con la producción de yerba mate, mandioca y cítricos. Su historia también está marcada por la inmigración europea: el Alto Paraná recibió especialmente a colonos alemanes y suizos que participaron en el desarrollo de localidades como Montecarlo, Puerto Rico y Eldorado.

Pero para los viajeros de esta historia, Montecarlo era mucho más que paisajes, orquídeas, Paraná y esa calma que para quienes vienen de otro ritmo puede resultar hasta extenuante. Nada de eso había convertido a Montecarlo en destino ineludible.

La razón era mucho más sencilla: allí vive Marcelo Mosquera, uno de los suyos.

Un jueves para guardar

Con los recuerdos permanentemente a flor de piel, el jueves volvieron a encontrarse con la familia Mosquera, esta vez en el Camping de Pescadores de Montecarlo, otro lugar maravilloso.

Marcelo preparó pollo al disco con la invalorable colaboración del chef Luis “Negrité” Aramayé.

Comida, charla, recuerdos, cargadas y esas historias que, después de cincuenta años, cada uno recuerda de manera diferente, pero que todos juran contar exactamente cómo sucedieron.

Un viernes pasado por agua

Fue uno de esos días que no necesitan demasiadas fotografías para permanecer.

Cataratas, Ciudad del Este y las historias que no se cuentan

El viernes, los cinco foráneos partieron hacia las Cataratas del Iguazú, con lluvia mediante y esta vez sin Marcelo; posteriormente cruzaron hacia Ciudad del Este.

Entre Cataratas y Paraguay ocurrieron incontables anécdotas que, por sí solas, ya habrían justificado los 1.325 kilómetros recorridos.

Y hasta ahí llegará esta crónica.

Porque existe una antigua norma, no escrita pero rigurosamente respetada, que establece: lo que pasa en un viaje de amigos, queda en el viaje de amigos.

La intención era regresar temprano a Montecarlo, comprar carne y preparar un asado en el quincho de las cabañas junto a Marcelo y Silvia, pero Migraciones tenía otros planes.

La demora en el regreso hizo imposible llegar a tiempo para comprar la carne y aquella última reunión no pudo concretarse. Tampoco hubo posibilidad de compartir un rato más con Marcelo: a las 22.45 ya estaba descansando.

Los cinco terminaron cenando cerca de la plaza principal.

Después, a dormir. Al día siguiente esperaba nuevamente la ruta y la despedida de Marcelo.

Sábado de ruta. Domingo de ruta. Itatí otra vez en el medio.

Y finalmente Salta, pero con otros “viejos”, pero nuevos y renovados viajeros, no exactamente los mismos cinco que habían partido.

1.325 kilómetros después

Partieron hacia Montecarlo para abrazar a un compañero al que hacía demasiado tiempo no veían; 1.325 kilómetros después descubrieron que aquel abrazo añorado había terminado abrazándolos a todos.

No fue el viaje esperado. Fue mejor.

Porque compartir con Marcelo fue bueno y cumplió aquella razón inicial que había puesto a cinco hombres en la ruta.

Pero convivir durante cinco noches y seis días con esos personajes terminó convirtiéndose en algo impagable.

Compartir el cansancio. Esperarse. Soportarse. Reírse de uno y del otro. Descubrir pequeñas costumbres. Conocer silencios. Encontrar detrás del compañero de secundaria al hombre en el que se convirtió cincuenta años después.

Y comprobar que, debajo de las canas, las arrugas, las historias personales y todo aquello que la vida fue agregándonos, todavía sobreviven aquellos muchachos que alguna vez compartieron un aula.

Quizás por eso, estos viajes deberían ser casi obligatorios:

Son recomendables, son terapéuticos, son maravillosos.

Porque permiten conocer al otro en su faceta más sencilla, cálida y humana. Y también permiten descubrir que cada uno, con sus virtudes, sus defectos y sus particularidades, se convirtió en un engranaje imprescindible de eso que llamamos amistad.


Volver al botón superior