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Salta antaño y hogaño: Sumalao, espiritualidad y carnalidad

Por Gregorio A. Caro Figueroa

Desde comienzos de 1919 hasta 1921, el escritor porteño Bernardo González Arrili (1892-1987), residió en Salta. Aquí fue secretario del gobernador Joaquín Castellanos. En 1923 escribió su testimonio sobre “Las fiestas de Sumalao”. Su obra incluye decenas de libros, folletos y artículos periodísticos. Varios sobre temas y personajes de Salta. Murió a los 95 años. Hasta meses antes de su muerte fue columnista del diario “La Prensa”.

En 1941, el salteño Ciro Torres López publicó su novela“Miñur en Sumalao”. Nació en Calvimonte en 1898 y falleció en Córdoba en 1954.  Pasó su infancia en El Carril: “Es mi pueblo”, recordó. Pertenecer a una modesta familia con diez generaciones en el Valle de Lerma y el Calchaqui, acreditan su condición de salteño viejo y con un arraigo que su trashumancia no disminuyó.

Ciro dictó más de 3.200 conferencias. Visitó ocho países: Recorrió “más de dos millones y medio de kilómetros del Amazonas, en zonas brasileña, boliviana y peruana”. Fundó periódicos efímeros. Promovió ideas de emancipación femenina. Sus ideas eran liberales. Creó bibliotecas en sitios apartados. Advirtió la importancia de la radio como medio de difusión cultural. Fue uno de los primeros en cruzar los Andes en aeroplano. Tuvo apasionados romances.

Las visiones sobre Sumalao de González Arrilli y la de Torres López, están dotadas de realismo, afinidades, matices y mirada social.  Muestran los dos rostros de esas celebraciones: espiritualidad y recogimiento religioso y una carnalidad cobijada tras fachadas de fondas, de lonas imitando carpas. Adelante, braseros, ollas y tablones con comida. El vino encendía deseos sabiendo que detrás de una arpillera había un lecho para rendir culto a la diosa Venus, previo pago.

González Arrilli ve que irrumpe, por la calle ancha, un carro con dos personajes: el cochero y el “machao”. Avanzan dando tumbos, fusta en manos y a los gritos. Hay “carpas a sus dos lados, entre un gentío enorme, inquieto, curiosísimo”.

“Continúa hiriendo las retinas el sol maravilloso, hecho brasa en algunos de los cerros de piedra que lo reflejan, atigrado en el polvo de la “calle”, en los vestidos de las mujeres, en los arreos de las mulas, en las lonas manchadas de las carpas y en el chato y sucio edificio de adobes que guarda la venerada imagen del milagroso Señor de Sumalao”.

“Treinta y tantas carpas de lona, a uno y otro lado del camino, forman la calle, ancha de más de cincuenta metros, donde se efectúa lo que aún conserva el nombre de feria. Todas las carpas son iguales salvo pequeños detalles. Unas mesitas sucias, unos bancos enclenques,  dos damajuanas, un jarrón de barro, una tinaja, una pipa y dos o tres músicos: guitarra o arpa, acordeón y bombo o tamboril. La gente abunda como para otras tantas carpas. Bailan, cantan, juegan, beben, comen. En mitad de la calle hay una numerosa partida de “taba”, de la que es dueño el mismo que tiene la empresa de los demás juegos de azar: monte, dados, ruletita. Es un flacucho tipete de gorra, de esos que tanto abundan en los barrios bajos de Buenos Aires. En Sumalao solamente pudo limpiar cuanto inocente campirano cayera en sus manos hábiles. Muchas páginas requerirían el detalle de algunos de los sonoros escamoteos que allí se hicieron sin que interviniera ninguno de los cuatro ridículos agentes de policía que “estaban de facción”, según decían. “Uno de ellos vestía un curioso “uniforme”. Alpargatas rojas, sin calcetines. Pantalón y blusa de lanilla de esa que se compra a los turcos mercachifles. A la cintura un trozo de piolín común, y pendiente de él las “esposas” a un lado, y el largo sable de caballería, herrumbroso, al otro lado. Al cuello, un viejo ponchito de vicuña a manera de bufanda, y todo él, barbudo de quince días, coronado por un antiguo casco policial que, sin duda, la industria familiar había querido remozar tiñéndolo de añil, bien subido.  “A aquella hora —las diez— abundaban ya los “machaos” que daban lástima. Roncaban en los bancos o sobre el pasto, seguían bebiendo y mascando coca, continuaban la copla comenzada al amanecer o golpeaban en el tamboril, ya sin fuerzas.

“La fiesta del Milagroso Señor es una orgía en las carpas, pero de las más sucias, de las más repugnantes, de las más descorazonadoras que se pueden imaginar. Se bebe mucho, chicha, alcohol puro, uva, vino de Cafayate, añejo fuerte, y de vez en vez se mastica un trozo de tableta catamarqueña, “arrollao”, tortas fritas, patay guagua de orejón de durazno, bollos y  sus derivados que los estómagos a prueba van digiriendo a medida que les arrojan la temible “mixtura”. La musiquita de cada carpa es incansable. Sin seguir lo más mínimo el compás, encuéntranse dos amigos que improvisan”.

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