Salta antaño y hogaño: la sangre de aquellos héroes ignorados
Por Gregorio A. Caro Figueroa
“¡Cuánto envidio a los mártires sin gloria / que con la sangre ardiente de sus venas / mojaron del desierto las arenas, / su vida dando por guardar tu honor!”. (Poema de Joaquín Castellanos)
La larga duración de la Guerra de la Independencia —quince años— sumada al número de muertos en combate y a las víctimas de luchas internas posteriores, significó un altísimo costo humano. Si se compara esa cantidad con la población masculina de entre 15 y 50 años, el impacto demográfico fue profundo. En núcleos urbanos de diez a quince mil habitantes, las pérdidas fueron devastadoras.
Los partes militares permiten aproximarse al número de caídos en cada enfrentamiento, pero no reflejan a los heridos que fallecían días después, lo que explica en parte el estancamiento demográfico de Salta hasta mediados del siglo XIX.
Recién en agosto de 1945, ciento veinte años después de concluida la Guerra de la Independencia, el gobierno de facto, presidido por el general Edelmiro J. Farrell, rindió homenaje al Soldado Desconocido de la Independencia. Lo hizo velando en el mausoleo de San Martín una urna con cenizas de soldados muertos recogidas en escenarios de la Guerra de la Independencia, incluyendo los caídos en Salta.
Ese mismo gobierno declaró el 17 de agosto “Día del Libertador y del Soldado Desconocido o Héroe Anónimo”. Las cenizas se reunieron en trece provincias, entre ellas Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. Una misión oficial, provista de personal y herramientas de excavación, recorrió durante meses los campos de batalla en busca de restos de soldados muertos en acción.
Los restos provenientes del Alto Perú llegaron a La Quiaca el 2 de agosto. De allí, la marcha siguió hasta la capital de Jujuy y luego a la ciudad de Salta. Meses antes de esa llegada, una comisión integrada por salteños investigó sitios donde podrían encontrarse restos de esos milicianos. A las autoridades de la Intervención Federal, se sumaron nueve salteños. Entre ellos, el arzobispo, Roberto Tavella, el presidente de la Corte e historiadores. La búsqueda incluyó el cementerio, cerca del mausoleo de la familia del general Güemes.
Monseñor Miguel Ángel Vergara y Carlos Gregorio Romero Sosa señalaron que algunos restos podrían hallarse en la base del Monumento 20 de Febrero, donde existía una cripta. Las tradiciones orales aseguraban que allí se depositaron restos de milicianos. Iniciados los trabajos de búsqueda en ese sitio, se localizó una piedra “que resultó ser la tapa por donde se descendía hacia la base del monumento”, donde estaba esa cripta y una fosa común de soldados caídos en combate.
La tarea de apertura del sitio fue supervisada por expertos y ejecutada por soldados y bomberos. Se comprobó que la base del monumento se encontraba “completamente vacía”. La búsqueda prosiguió en los alrededores del monumento. Entre el monumento y la cruz, se cavó una fosa de dos metros. Allí “se exhumaron piezas óseas humanas”, reconocidas por el médico y mayor del Ejército, Luis Cataldi.
En un gesto de generosidad, el empresario Francisco Capobianco fundió bronce y donó una urna donde se depositaron los restos encontrados. Días después, la misión militar prosiguió su peregrinaje que concluyó en Mendoza, donde se entregó esa urna, que contenía cenizas de vencedores y vencidos.
El 9 de agosto de 1945 en Salta, el gobierno de la Intervención Federal decretó un homenaje al soldado desconocido de la Independencia caído en la Batalla de Salta. Al repatriar los restos del Soldado Desconocido, dice el decreto, “se restituye al patrimonio espiritual de la Nación un elemento de inapreciable valor simbólico”.
“Que habiendo Salta brindado la sangre de sus hijos en esa magnífica campaña libertadora, tócale, en consecuencia, recoger y venerar las cenizas de esos héroes anónimos. Que los modestos y desconocidos soldados de la gloria, que escribieron la página más brillante de la historia de América, se les debe eterna gratitud y reconocimiento”.
Recién medio siglo después, en Dinamarca, se levantó la primera Tumba al Soldado Desconocido. A este monumento siguió el memorial que recuerda a los caídos durante la Guerra de Secesión en los Estados Unidos.
Aunque esas tumbas no consignan identidades, constituyen un modo digno y simbólico de reunir en un mismo lugar a todos los que dieron su vida en combate.


