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Milei desencajado: 90 reformas, alianza con EE.UU., y apertura de sesiones convertida en ring

La tercera apertura de sesiones ordinarias de Javier Milei no fue un discurso más. Fue una escena política total con picos de violencia sin filtro.

Duró más de dos horas, incluyó un ambicioso paquete de reformas estructurales, una ratificación explícita de la alianza estratégica con Estados Unidos y, al mismo tiempo, una escalada de insultos y cruces que terminaron eclipsando los anuncios ante un pleno con mayoría parlamentaria, pocos representantes de Unión por la Patria, la Izquierda, gobernadores, funcionarios, etc., que terminaron conformando una verdadera tribuna de cancha.

La llegada estuvo envuelta en un intento de escenografía deliberadamente épica. Escoltado por los Granaderos a Caballo desde Casa Rosada, el Presidente ingresó al Congreso a las 20:55. Firma de libros en el Salón Azul, mirada a la Constitución, saludo protocolar con Victoria Villarruel —frío, omitido en la transmisión oficial— y un recinto que lo recibió con aplausos y cánticos. Pero lo que siguió no fue solemnidad institucional sino confrontación.

Desde el inicio, Milei planteó que el eje conceptual de su gobierno es “la moral como política de Estado”. Habló de un orden de mérito: primero la ética occidental —filosofía griega, derecho romano, valores judeocristianos—, luego la eficiencia económica y finalmente el utilitarismo político. Con ese marco justificó todo lo que vino después.

El balance económico y el relato del resurgimiento

El Presidente reconstruyó la narrativa de la “crisis terminal” de 2023, comparando la situación heredada con 1975, 1989 y 2001. A partir de allí desplegó su inventario de logros: primer presupuesto sin déficit fiscal “libre de default en cien años”, eliminación de la emisión monetaria para financiar el gasto, baja de impuestos equivalente a 2,5 puntos del PBI, ley de inocencia fiscal, reforma penal juvenil, modernización laboral, implementación del sistema acusatorio en el 65% del país, ley antimafia, reincidencia y juicio en ausencia.

Reivindicó la política de seguridad con un abrazo a Patricia Bullrich cuando celebró la baja del 17% en la tasa de homicidios a nivel nacional, 65% en Rosario y 20% en robos durante 2025. Defendió el protocolo antipiquetes y afirmó que las manifestaciones pasaron “de 9.000 por año a cero”.

En materia económica, sostuvo que la inflación, que cerró 2023 por encima del 200% con niveles anualizados que describió como “17.000%”, terminó 2025 “en torno al 30%”. Citó el crecimiento del EMAE desestacionalizado: 6,6% en 2024 y 3,3% en 2025, acumulando más del 10% en dos años. “Estamos saliendo del pozo”, afirmó.

Defendió la eliminación de más de 14.500 regulaciones, la derogación de la ley de alquileres con una baja real del 30% en precios y la normalización del mercado aéreo. Reivindicó el RIGI como “la política de desarrollo más eficaz del siglo”, con 25.000 millones de dólares en proyectos aprobados y 45.000 millones en evaluación, distribuidos en 11 provincias y con 60.000 puestos de trabajo estimados.

Prometió profundizar privatizaciones, reformar el Código Civil y Comercial, el Código Penal, el sistema electoral y el financiamiento de partidos, avanzar con juicios por jurado en la justicia federal y presentar un paquete de leyes para fortalecer la coordinación entre fuerzas de seguridad e inteligencia. Anunció que cada ministerio elaboró diez paquetes de reformas estructurales: noventa proyectos en nueve meses, “el año calendario de la reforma”.

Cuando habló de “examinar la arquitectura institucional que nos trajo hasta acá y construir una nueva para los próximos 50 años”, dejó abierta la incógnita sobre el alcance de esa revisión.

La alianza con Estados Unidos y el nuevo orden mundial

Milei dedicó un tramo central a la política exterior, con la que omitió la situación de avanzada bélica actual en Medio Oriente. En su lugar, ratificó el acuerdo Mercosur–Unión Europea y sostuvo que la relación con Estados Unidos debe convertirse en política de Estado. “Tenemos que crear el siglo de las Américas. Make America Great Again, de Alaska a Tierra del Fuego”, dijo ante el aplauso eufórico de Peter Lamelas, el embajador estadounidense, invitado a la presentación de ayer.

Vinculó ese alineamiento con el respaldo recibido en momentos de tensión financiera y con la renegociación con el FMI. Enmarcó el contexto global como una disputa entre “naciones libres y naciones sometidas”, reivindicó la compra de F-16 y planteó al Atlántico Sur como espacio estratégico clave.

Del atril al barro

Hasta aquí la necesidad de ordenar la estructura discursiva, que no alcanzó a mantener su línea ni 5 minutos, en pos de la euforia presidencial y una ávida necesidad del Presidente, de interrumpir su lectura para responder a la oposición.

“La justicia social es un robo”, lanzó con verdaderos gritos. “Manga de ladrones”, “manga de chorros”, “delincuentes”, “parásitos”, “traidores a la patria”. Sobre Cristina Fernández de Kirchner fue directo: “Va a seguir presa porque es una chorra, porque fueron los más chorros de la historia”.

También se cruzó con legisladores de izquierda. “Del Caño, si vos fueras la representación de los trabajadores, tendríamos un problema grave”, dijo. Y a la diputada Myriam Bregman le gritó: “¿Qué te pasa, Chilindrina Troska?, dale, seguí llorando”. En uno de los momentos más tensos, afirmó: “Kukas, ¿saben qué? Me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar”. El oficialismo respondió de pie y desbordante cuando gritó “manga de delincuentes”. Desde los balcones bajaron cánticos de “tobillera” y “kukas tirapiedras”. En ese marco, dos senadoras opositoras se retiraron del recinto, mientras los diputados de izquierda exhibieron carteles contra la guerra en Irán.

La escena dejó de ser institucional y pasó a parecer un cruce televisivo, de los otroras tiempos donde Javier Milei era un panelista, ahora amplificado por cadena nacional.

#AsambleaLadoB y la doble transmisión

Mientras la transmisión oficial enfocaba el atril y al bloque libertario, en redes sociales comenzó a circular el hashtag #AsambleaLadoB. Periodistas acreditados e imposibilitados de realizar la cobertura en los lugares históricamente asignados, fueron a la búsqueda de alternativas para una cobertura plural y difundieron videos de los cruces omitidos, los gritos de “facho”, los gestos de enojo, los legisladores que se levantaban. Lo que no aparecía en pantalla oficial circulaba en tiempo real por fuera del encuadre.

La Asamblea tuvo así dos relatos simultáneos: el institucional y el lateral. La cobertura paralela expuso la tensión y alimentó la percepción de una escena desbordada.

La incivilidad como estrategia

La pregunta que quedó flotando es política y simbólica: si el Gobierno exhibe superávit, baja de inflación y crecimiento, ¿por qué elegir el tono del combate permanente? Con el presidente a la cabeza, pero también funcionarios, legisladores, personas que ocupaban los balcones, en una ofensiva pocas veces vista.

La incivilidad no apareció como un desliz emocional. Fue sistemática. Interrupciones, descalificaciones, etiquetas. La oposición no fue tratada como adversario legítimo. En esa lógica, el insulto no es exceso sino instrumento de delimitación moral.

Desde una lectura semiótica, este domingo el Congreso dejó de ser espacio de deliberación para convertirse en ring. Desde una perspectiva psicoanalítica, la escena mostró una disociación entre el relato triunfalista y la crispación gestual. La victoria no se celebró; se defendió a los gritos.

Cabe recordar que, en agosto del año pasado, otro Milei había anticipado que moderaría insultos y exabruptos. La apertura 2026 mostró lo contrario. Con sensación de fortaleza y sin presión electoral inmediata, reapareció el polemista de los estudios televisivos. Solo que ahora en la máxima tribuna institucional del país, y lejos de exhibir el músculo político, simuló una intentona de vidriera con los insultos más degradantes.

Después de más de dos horas, el Presidente cerró con su consigna repetida tres veces: “Viva la libertad, carajo”.

El oficialismo se puso de pie. La oposición quedó fragmentada entre gritos, retiros y silencios.

La apertura dejó una agenda legislativa intensa, anuncios estructurales y definiciones geopolíticas de largo alcance. Pero también dejó una escena que marcará el clima político del año: un Presidente desencajado, alternando cifras de crecimiento con “manga de asesinos y chorros” en el recinto del Congreso.

En una noche de anuncios ambiciosos, lo que terminó dominando fue el tono. Y el tono fue de confrontación sin concesiones.

Si la apertura fue el prólogo, el Congreso 2026 se perfila como un campo de batalla permanente. Milei no vino a tender puentes ni a negociar climas; vino a marcar territorio. Anunció noventa reformas estructurales en nueve meses, habló de rediseñar la arquitectura institucional para los próximos cincuenta años y dejó en claro que no piensa moderar el tono. La consigna es avanzar rápido, acumular victorias y forzar definiciones. El problema es que el método elegido tensiona al máximo el sistema. Cuando el adversario es tratado como “golpista”, “parásito” o “chorro”, el margen para el acuerdo se reduce a cero. La política deja de ser negociación y pasa a ser disciplinamiento. El Congreso ya no aparece como ámbito de construcción sino como escenario de confrontación moral. ¿Puede sostenerse ese ritmo durante un año entero de reformas profundas?, ¿Puede una mayoría circunstancial absorber noventa proyectos estructurales sin que el conflicto escale? El límite no es jurídico; es político y simbólico. La incivilidad constante erosiona la legitimidad del otro, pero también desgasta al propio espacio. La polarización extrema cohesiona en el corto plazo y fractura en el mediano.

Si 2026 avanza en la misma clave que la apertura —épica, velocidad y descalificación—, el Congreso será menos un taller legislativo y más una arena de choque. Y cuando la arena se convierte en método, el riesgo es que la confrontación deje de ser retórica y pase a condicionar la gobernabilidad. Y Milei eligió gobernar sin concesiones.

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