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Semáforo en rojo, excusas en verde e irrespeto, ejes permitidos para concejal libertario

La libertad no es acelerar cuando el semáforo frena. El episodio protagonizado por el concejal libertario Rodrigo Quinteros vuelve a poner en discusión si vivir la libertad también implica respetar límites que salvan vidas.

El hecho ocurrió en plena avenida Bicentenario, alrededor de las 20, en un horario de alto flujo de tránsito: el concejal salteño Rodrigo Quinteros (La Libertad Avanza) cruzó un semáforo en rojo y terminó sancionado con la retención del vehículo y la suspensión de la licencia por 20 días. El dato, en sí, no debería sorprender: infracciones hay todos los días. Lo que vuelve político el episodio no es la multa, sino el discurso que vino después.

En una entrevista con el programa Pica (streaming de Dix), Quinteros eligió una frase cómoda para salir del paso: “Fue un descuido, le puede pasar a cualquiera”. Admitió la falta, aseguró que no estaba alcoholizado ni circulaba a alta velocidad, y dijo que viajaba con su esposa. También remarcó que no pidió trato preferencial y que “cumplió la sanción porque es la ley”, intentando despegarse de otros antecedentes de impunidad o “coronita” en situaciones similares.

Hasta ahí podría leerse como un caso cerrado: un funcionario comete una infracción y recibe el castigo previsto. Pero la historia no termina en el acta. En nuevas declaraciones al mismo canal, Quinteros volvió a minimizar lo ocurrido y, además, introdujo un giro que abre preguntas. Aseguró que minutos antes de la infracción lo venía siguiendo una camioneta del área de Tránsito; y, en lugar de detenerse en su responsabilidad al volante, deslizó cuestionamientos hacia el organismo municipal, señalando “faltas” y sugiriendo irregularidades sin detallar con precisión qué hechos concretos respaldan esa acusación.

Ahí se habilita el debate: no en si una persona puede equivocarse -claro que sí-, sino en cómo se interpreta ese error cuando quien habla tiene un cargo público y micrófono. Porque una falta vial no es un resbalón doméstico: es una decisión (o una omisión) en el espacio público, con riesgo potencial para terceros. Y el “le puede pasar a cualquiera” suele funcionar como anestesia social: baja la gravedad, achica el impacto y, de paso, naturaliza lo que justamente debería dejar de ser normal.

El horario, el contexto y la pregunta incómoda

Quinteros situó el hecho en un “tránsito totalmente colapsado”, alrededor de las 20. No es un dato menor: los informes nacionales de siniestralidad suelen marcar franjas críticas en la tarde-noche, precisamente entre las 19 y las 21, cuando coinciden retornos laborales, movimiento urbano y cansancio acumulado.

En ese marco, minimizar no es un problema de estilo: es un problema de cultura vial. Salta cerró 2025 con 130 muertes por siniestros viales -una cifra que algunas mediciones describen como la más baja de la década, pero que sigue siendo una tragedia extendida, con familias partidas y duelos que no entran en ningún balance. Que baje no significa que esté bien: significa, a lo sumo, que el piso de tolerancia social a la muerte sigue siendo demasiado alto.

Nuevo Diario dialogó con referentes de PAVICEI (Padres de Víctimas de Conductores Ebrios e Irresponsables), organización salteña dedicada a prevención y concientización. La entidad -con trayectoria en campañas, charlas y acciones de visibilización como el repintado de “estrellas amarillas” en lugares donde hubo víctimas fatales- suele insistir en un punto que desarma cualquier excusa: el siniestro aparece en una fracción de segundo, y puede convertir a alguien en víctima o victimario sin margen para “explicar después”. En esa línea, aceptaron las disculpas, pero advirtieron sobre el pensamiento más peligroso: “a mí no me puede pasar”. Ese mantra habilita el apuro, la distracción, el “total no venía nadie”… hasta que sí viene.

El trasfondo es claro: en una provincia donde la seguridad vial es una urgencia, los funcionarios no solo deben cumplir normas. También modelan conductas con lo que dicen. No alcanza con afirmar “cumplí la sanción” si luego se corre el foco hacia supuestos seguimientos o se siembran sospechas sin evidencia. Esa estrategia cambia el eje: del “crucé en rojo” al “me perseguían”. Y con eso se diluye el aprendizaje social que debería dejar el episodio.

La ironía final es inevitable: “vivir la libertad” —en alusión al espacio político de Quinteros— no puede confundirse con “hacer lo que quiero”.

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