El hambre se mete en las familias: recortan raciones y saltean comidas
La crisis alimentaria en los barrios populares ya no se mide solamente por la falta de comida, sino también por la pérdida de calidad nutricional, el endeudamiento para llegar al plato diario y la decisión forzada de muchas familias de eliminar una de las cuatro comidas.
Así lo planteó Darío Limachi, representante del ISEPCI, en una entrevista realizada por el periodista Héctor Alí para FM Pacífico, donde detalló los resultados de un relevamiento hecho en mil hogares.
“Venimos detectando en nuestro trabajo territorial una merma importante”, explicó Limachi, al señalar que la encuesta buscó poner en datos concretos una situación que las organizaciones sociales ya observaban en los barrios. Según precisó, el informe muestra que el 25% de las familias relevadas eliminó una comida diaria durante los últimos 30 días.
“En algunos casos era el desayuno, la merienda, y en otros casos ya venía a ser la cena. Es la situación más preocupante”, afirmó.
El referente del ISEPCI explicó que el deterioro alimentario tiene un recorrido que se repite en muchos hogares: primero los ingresos dejan de alcanzar, luego aparece el endeudamiento y finalmente llegan el recorte de raciones o la eliminación de comidas.
“El 55% de las personas no pueden adquirir todos los bienes y servicios que necesitan con el ingreso que están recibiendo”, indicó.
A ese cuadro se suma el peso de las deudas. Limachi sostuvo que el 57% de los hogares encuestados contrajo compromisos que terminaron afectando la compra de alimentos.
“Ya había comprometido la cantidad de alimentos que estaban acostumbrados a ingerir por esas deudas”, señaló.
En algunos casos se trata de préstamos bancarizados o billeteras virtuales; en otros, de prestamistas informales. El resultado es que la deuda se mete directamente en la olla. Después aparece el ajuste dentro del propio plato.
“El 40% de los hogares estaban pudiendo cumplir las comidas, pero recortando las raciones”, explicó Limachi. Es decir, muchas familias todavía sostienen los horarios de comida, pero con menos cantidad y con alimentos de menor calidad.
Sin recursos propios
Otro dato del relevamiento muestra que apenas la mitad de los hogares logra sostener la alimentación con recursos propios. “Solamente el 50% está pudiendo sostener los alimentos de su bolsillo”, afirmó. La otra mitad debe recurrir a distintas estrategias: endeudarse, vender pertenencias o acudir a comedores, merenderos y espacios comunitarios.
Sin embargo, Limachi aclaró que el acceso a comedores no expresa toda la demanda real: “Ese número no tiene que ver con la demanda, sino con la oferta. Hay muy poco nivel de contención de parte de distintas organizaciones, ya sean organizaciones sociales, la iglesia, clubes o lo que sea”, advirtió.
En ese sentido, comparó la situación actual con lo vivido durante la pandemia y cuestionó la capacidad de asistencia actual desde el Estado nacional. También hizo referencia a la polémica por los alimentos almacenados en depósitos del Ministerio de Capital Humano y criticó la estigmatización sobre las organizaciones sociales.
Crisis en la economía popular
Para el representante del ISEPCI, la crisis golpea especialmente a quienes viven de la economía popular y en esa línea mencionó el impacto de los aumentos en transporte y servicios públicos. Según relató, los adultos de muchas familias pasan cada vez más tiempo fuera del hogar intentando conseguir algún ingreso. Esa dinámica también deja escenas muy duras en los barrios.
“Te llega una preadolescente, una nena de 11 años, con un bebé en brazos y con otro hermanito de 4 o 5 años en la otra mano, y te viene con un táper”, relató Limachi.
El dirigente también habló de la vergüenza que aparece en las familias cuando deben contar cómo se endeudan o cómo se las arreglan para comer.
“Una de las cosas que le da vergüenza a la gente es el endeudamiento”, dijo.. “La gente tiene bronca, pero está muy triste, muy sola, y en vez de expresar la bronca al exterior, explota en su casa”, sostuvo.
Uno de los puntos centrales de la entrevista fue la diferencia entre hambre y malnutrición. Limachi remarcó que muchas familias hacen enormes esfuerzos para que los chicos no pasen hambre, pero eso no significa que puedan garantizar una alimentación adecuada. “Hay que hablar mucho de la malnutrición”, advirtió.
“El padre del barrio hace lo imposible para que esos chicos no pasen hambre, entonces va a lo esencial, que son las harinas, las grasas, los aceites muy baratos que no nutren nada”, explicó.
En ese sentido, alertó sobre las consecuencias en el desarrollo físico y cognitivo de niños y niñas: falta de nutrientes, dificultades para desarrollar masa muscular, huesos débiles por bajo consumo de calcio y problemas para adquirir conocimientos.
La frase más fuerte llegó al describir la situación de los hogares monoparentales, especialmente aquellos sostenidos por madres solas. Limachi contó que muchas mujeres directamente eliminan la cena para que sus hijos puedan comer mejor durante el día. “Te dicen: ‘Yo lo que dejé de hacer es la cena para poder que coman bien al mediodía’”, relató.
Y resumió la gravedad del cuadro con una definición contundente: “Ya no estoy pensando cómo le agrego verduras, fruta, carne o lácteos, sino en cómo hago que no tengan hambre”.
El informe deja al descubierto una emergencia que excede los porcentajes. Porque no se trata solo de contar cuántas familias saltean una comida diaria, sino de mirar qué queda en el plato cuando todavía hay algo para servir. En los barrios populares, la crisis alimentaria también se mide en raciones más chicas, alimentos menos nutritivos, deudas acumuladas y chicos que crecen aprendiendo demasiado temprano lo que significa esperar la próxima comida.


