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Salta antaño y hogaño: La mano derecha de Alberdi fue un salteño

Por Gregorio A. Caro Figueroa

José Francisco López nació en Salta en 1832, hijo único del hacendado José Vicente López y de María Ignacia Peñalva. Quedó huérfano de madre siendo niño y, en la adolescencia, también de padre. A los catorce años concluyó un curso de Latinidad; a los dieciocho prosiguió estudios de Filosofía. Ingresó luego a la carrera de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, donde se doctoró en 1851.

Desde 1859 hasta 1884 fue secretario y amigo de Alberdi. Su producción intelectual supera los cincuenta libros y publicaciones. Su trayectoria pública fue extensa y fecunda: se desempeñó como cónsul general en Alemania y embajador argentino en Portugal y Suiza. Coincidió con Alberdi en la crítica a Rosas. Recibió la Orden de Caballero de la Corona Real de Prusia y la Orden de Cristo de Portugal. Fue incorporado a las sociedades de Geografía de París, Berlín y Bremen, así como a la de Estudios de Lenguas Comparadas de Berlín.

En la biografía más importante de Alberdi, escrita por Carlos Mayer, el nombre del salteño José Francisco López —junto con sus libros y cartas— aparece mencionado cuarenta y cinco veces. López murió en Hamburgo hacia finales de la década de 1890, “a una avanzada edad”. Su amistad, encuentros y correspondencia con Alberdi se prolongaron hasta la muerte de éste en París.

En 1902 publicó en la editorial Garnier de París su libro Memorias de mi tiempo. Lo abre con una frase de Goethe: “De la primera edad son los hechos y la acción. De la última, la reflexión y la narración”. Y añade de su propia cosecha: “Si las Tumbas suelen hablar como el arpa eolina al soplo de los vientos, las Memorias de Ultratumba hablan también al soplo de las nostalgias del pasado, evocando las imágenes sepultadas en él. Son hijas póstumas de su autor”.

Para López, la verdad no es monopolio, y las memorias tampoco son privilegio de eminencias políticas o literarias. En aquella época, recordaba, había “respeto a las ciencias y al mérito”. Sus memorias son “sólo un cuadro de su acción”: unas veces como actor, otras como testigo presencial de hechos y acontecimientos.

Los recuerdos escritos arrancan “desde temprana edad”, evocando su cuna y juventud en Salta, a la que describió como un Edén “rodeado de ríos, de colinas y montañas escalonadas en panoramas de todas las zonas hasta la cima de los Andes”. La organización familiar era ejemplar: hábitos de orden, disciplina y respeto a los padres, a la autoridad y a los hombres de saber. Se respetaba a los ciudadanos por su mérito y a los gobernantes por elección, controlados por una Junta parlamentaria, último vestigio de las libertades comunales del régimen de los Cabildos.

No regía el fraude electoral, aunque algunos gobiernos provinciales “se repartían en familia y por turnos puestos públicos y senaduría nacional”. La Sala de Representantes no se conformaba por elección “sino por imposición”. Más que debates, había “elocuencia teatral de comediantes políticos, sin más ciencia de Estado que la antigualla feudal de decretar la trasquila periódica de emisiones, y agitar la fragua del odio como potencia ruin”.

La vida era modesta, sin lujos ni ostentaciones. Las fortunas “deslumbraban más por su honorabilidad que por su vanidad”. La existencia transcurría normal, “sin saltos ni sobresaltos”. Cada uno estaba seguro de su dinero, “sin ser aguado por emisiones”, y del puesto que ocupaba conforme a su mérito, “sin ser suplantado por intrigas y recomendaciones”. No había privilegios “de eminencias políticas o literarias”.

Se sentía la sed de aprender y de leer cuanto llegaba del extranjero: los libros “corrían de mano en mano”. La Filosofía y la Teología se enseñaban gratuitamente en el Convento de San Francisco. López confiesa que su temperamento “fue refractario a todo fanatismo y servidumbre intelectual, acostumbrado a buscar sólo la verdad como el minero al diamante”.

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