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Con algunos nombres para sucederlo, la suerte está echada para Manuel Adorni. Fin

En medio del escándalo por su situación patrimonial y judicial, en Casa Rosada ya se habla de una salida casi definida del jefe de Gabinete. Diego Santilli aparece entre los nombres que suenan para reemplazarlo. El Gobierno busca cerrar una crisis que no deja de sumar capítulos.

Al cierre de esta edición, la tensión se apoderaba de la Casa Rosada luego de que trascendiera la decisión de aceptar la renuncia del por ahora jefe de Gabinete, Manuel Adorni, tras el escándalo que desde hace meses suma capítulos sobre su situación financiera, hoy bajo la lupa de la Justicia. A partir de ese murmullo a gritos se desató la danza de nombres y, hasta el momento, quien suena con más fuerza para reemplazarlo es el actual ministro del Inte-rior, Diego Santilli, pero también se sumaron el canciller Pablo Quirno, que estaba de viaje junto al Presidente, y la Minis-tra de Capital Humano, Sandra Pettovello.

No obstante nada está asegurado en la dimensión de Milei y su temperamentalidad: tal vez decida una vez más darle una vida más a Adorni, y este viernes habrá pasado a ser simplemente anecdótico.

Lo que se vio durante las últimas horas fue algo contundente: no más defensas férreas, no más puestas de cuerpo, no más hinchadas ni porras “Adorni no se va” y, en su reemplazo, un visible malestar en todo el Gobierno nacional, que desde hace tres meses carga con una piedra en el zapato: sin resolución, con tensión creciente con la oposición, con los dialoguistas y también puertas adentro del propio oficialismo.

Sin dudas, “la cuestión Adorni” se volvió tan pesada que el mismo presidente Javier Milei, durante su última visita a España, se mostró visiblemente incómodo por una situación que atravesó fronteras y se hizo eco del otro lado del Atlántico. Lejos de ensayar defensas cerradas como en otras oportunidades, Milei dejó el caso en manos de la Justicia y aseguró que, de comprobarse responsabilidades, Adorni sería automáticamente “eyectado de una patada”. La frase presidencial, más que clausurar el conflicto, terminó de exponer el cambio de clima. Porque hasta hace pocos días el Gobierno insistía en blindar al funcionario. Pero el desgaste político, la presión legislativa y el impacto público de cada nuevo capítulo parecen haber corrido el límite de lo tolerable.

El último episodio se sumó al llamado “escándalo gamer”, con compras tecnológicas realizadas con tarjetas de crédito de empleados de su área, instalado en redes y amplificado por la conversación pública como una nueva derivación del caso. Antes habían sido las sábanas de lujo, los gastos difíciles de explicar, la irrisoria rectificación de la declaración jurada, el famoso pendrive con criptomonedas, los dólares guardados en una cajita de zapatos, la casa en el country, la cascada, los dos departamentos en la Ciudad de Buenos Aires, los préstamos atribuidos a jubiladas y aquel viaje a Nueva York presentado bajo la épica de ir a “deslomarse” trabajando.

También quedaron en el archivo sus permanentes denostaciones a la prensa, sus respuestas evasivas y una serie de inconsistencias numéricas que se volvieron cada vez más difíciles de encapsular bajo el paraguas de la defensa política.

El caso impacta, además, por el contraste con el relato de origen. Adorni llegó al gabinete nacional presentado “apenas” como un periodista económico y contador, una figura técnica, austera, surgida del ecosistema libertario que hizo de la transparencia, la eficiencia y la denuncia contra “la casta” parte central de su identidad pública. Sin embargo, la sucesión de bienes y consumos postergados a los que dio rienda suelta sin pudor terminaron empujándolo hacia el lugar que su propio espacio prometía combatir.

La declaración jurada rectificativa fue el punto de quiebre. Allí aparecieron activos no informados previamente y una explicación basada en inversiones en criptomonedas, con montos que abrieron más preguntas que respuestas. El pendrive, lejos de ordenar el relato, se transformó en símbolo de una crisis comunicacional: una defensa que pretendía cerrar el escándalo y terminó multiplicándolo.

La oposición, por su parte, ya encontró en Adorni un blanco de alto rendimiento político. Los pedidos de explicaciones, las amenazas de interpelación y la posibilidad de una moción de censura en el Congreso aceleraron las alarmas en Balcarce 50. En ese tablero, la continuidad del jefe de Gabinete comenzó a ser leída ya no sólo como un problema ético o judicial, sino como un riesgo político para la gobernabilidad.

Momentos aciagos serán, seguramente, los que se vivan en estas horas dentro del oficialismo. El Gobierno que prometía dinamitar privilegios quedó atrapado en una crisis de patrimonio, explicaciones tardías y silencios incómodos que mantienen paralizado a un país, y que le juega bastante en contra.

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