Salta antaño y hogaño: 1899, el reflejo de la pésima higiene de nuestra ciudad
Por Gregorio A. Caro Figueroa
Al comenzar el siglo XX, la ciudad de Salta albergaba a 18.552 habitantes. Durante décadas después de la Guerra de la Independencia, y por sus secuelas, el crecimiento de su población permaneció estancado. El segundo Censo Nacional de 1895, registró 18.552 argentinos y 1.829 extranjeros, en su mayoría bolivianos, más una minoría de italianos, españoles y árabes.
Ese escaso atractivo para inmigrantes se explica por los 1.500 kilómetros entre Buenos Aires y Salta.
El tren llegó a Salta en 1891. También se comprende por sus pésimas condiciones de salubridad, los riesgos del paludismo y de enfermedades endémicas. Salta fue fundada “en la depresión de un suelo que la rodea”. “Sólo tenemos un suelo fecundo para toda clase de afecciones”.
En 1897, durante el gobierno de Delfín Leguizamón, el Consejo de Higiene de Salta, presidido por Hilario Tedín, pidió apoyo de ese organismo nacional para superar ese “estado sanitario deplorable” que provocaba, cada mes, más de 114 defunciones.
Su hospital, de 250 camas, no podía asistir ni a la mitad de pacientes necesitados en ingresar allí. El consumo de aguas contaminadas era una de las causas de tan alta mortalidad, mayor que en otras ciudades del país. Para preparar alimentos se consumía agua de pozo. Solo en pocas casas se filtraba el agua con “una simple piedra porosa”, que solo podía retener “gruesas impurezas”.
Muy pocas tenían filtros “sistema Pasteur”.
La mayor de las calles, no sólo de la periferia, sino del centro de la ciudad, eran “un inmenso pantano”. Sus aguas, estancadas y contaminadas por una enorme cantidad de basura, castigaban a los pobladores más pobres. La ciudad estaba “rodeada de grandes lagunas”.
Todas las casas, incluidas las de familias pudientes, carecían de agua corriente y de cloacas. En la mayor parte de las casas, “los excrementos y demás residuos humanos son arrojados a la superficie del terreno, y una o dos veces por semana se hace su extracción juntamente con las basuras”. Este pésimo hábito, nivelaba a la sociedad hacia abajo.
En “Toda una vida”, Memorias, del salteño Alberto Delac, publicadas en Buenos Aires en 1938, recuerda que las casas principales tenían la costumbre de depositar las materias fecales “en tinajas, tarros y cajones” las que una vez llenas, y con el nombre de “tigrecitos”, eran recogidas de noche por carros, “o a mano”, por hombres que, anunciando su paso en voz alta, hacían esa tarea a pulso y sobre sus hombros, por dinero.
Aquella extrema situación solo se podía solucionar con apoyo del gobierno
nacional, advirtió el gobernador de Salta. Tedín pidió el urgente envío a Salta de una comisión técnica para el estudio, proyecto y ejecución de obras de saneamiento impostergables y necesarias. “Salta que vive orgullosa de su Historia, los espera con derechos y con fe”, concluía aquella nota.
La Comisión Nacional de Higiene comenzó su tarea cuando la ciudad de Salta tenía 15.075 habitantes. De estos, 5.781 eran menores de 14 años y 9.295 adultos que ocupaban una superficie de 2.422.443 metros cuadrados, equivalentes a 288 manzanas “con una densidad de 52 habitantes, término medio, por manzana”. La ciudad tenía 1.868 casas. Había 19 colegios, 3 iglesias, 5 conventos y 13 edificios públicos.
En este caso también, el agua que sustenta y quiere decir vida, era sinónimo de muerte. El futuro de la Ciudad de Salta dependía de una rápida y profunda mejora de su calidad de vida.



