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Salta antaño y hogaño: de lo pecaminoso a lo piadoso

Por Gregorio A. Caro Figueroa

En la Salta del 1600, que “merece ser vista como sierva del Señor”, convivían la piedad católica —acentuada tras el temblor en Esteco, interpretado como castigo divino— y la condena moral de sus contemporáneos, que la llamaban “trono de imprudencias, alcoba de pecados, villa de vanidad, jardín de Venus”.

Mucho después, en 1909, Enrique Banchs la definió como “la más católica de las ciudades”.

¿Quién era Banchs? Borges lo consideró maestro del soneto, dotado de la virtud de la limpidez. Entre sus 19 y 23 años (1907-1911) publicó cuatro únicos libros. Era “un muchacho discreto y taciturno”, “un talento en flor”. En 1907 fundó la revista Nosotros. Nunca editó ni compiló su valiosa obra en prosa.

Tenía apenas 20 años cuando viajó a Salta, una de las capitales que conoció y describió en Ciudades Argentinas, obra de 300 páginas publicada en El Monitor de Educación Común, del Consejo Nacional de Educación, dirigido por él mismo. Su descripción de la ciudad hacia 1900 es tan magistral como ignorada.

“Ciudad serrana, está a la mañana a la sombra del San Bernardo. Todo verde, el cerro se recorta sobre la aurora. Su forma es la cónica del cerro, como se la imaginan los niños. Sus pendientes son suaves y la pasean los ancianos, que van por una suerte de gradería natural de piedra hasta la cumbre donde la cruz de madera mira los dos valles.”

En los umbrales del cerro se levantaban modestas casas “con cerco de pirca y claros sembrados de maíz. Hay entonces calles lisas como senderos de parque”. En los alrededores, charcos y zanjones naturales. “En todas partes hay aguaribayes, estos falsos sauces olorosos. El aire es fresco, sutil. Alrededor de neblinas, por refracción del sol, todo lo llena, y parece un cántaro vertiendo nubes de oro.”

“Pasan carretas tardías igual que las vacas, recrujiendo en calles que sombrean los grandes árboles. Lejos, bajando del cerro, llegan jinetes con anchos sombreros blancos, como broqueles de marfil en alto. A los lados del caballo brillan dos cargas de plata. Tarros de estaño de un lechero parecen barras de plata y aladas, pues detrás de ellas surgen guardamontes del hombre como alas negras.”

Banchs observó también a un paisano de ojos rasgados, que caminaba con ojotas y se abrigaba con poncho. De su bolsillo “asoma una orla que parece de seco laurel de una corona rota. Son hojas de coca, su principal alimento y entretenimiento de ocio, pues apenas se fuma. Aquí está la coca en todos los almacenes y en tinajas o alforjas. En los cafés, salones antiguos en cuyo fondo aparece la blanca pantalla del cinematógrafo, la dan en té”. Se bebía buen café, aunque el vino de Cafayate le “parece mediocre”.

Las casas antiguas eran más numerosas que las nuevas. “Balconadas de hierro bajo aleros”, tejados donde crecían hierbas de mala calidad. Las calles del centro tenían “la lisura limpia del afirmado de madera”. Colgaban “los globos nevados de la luz eléctrica”. Los caños de desagüe derramaban aguas sobre las calles y, al estancarse, daban “un melancólico aspecto lacustre”. Vacas con astas de un metro circulaban por el centro.

Banchs concluyó con una “Chilena del Puente de Palo”, ubicado en la actual calle Mitre: “En el Puente de Palo / un penitente / se robaba una niña / de quince a veinte / y así ha de ser usted.”

Lo pecaminoso y lo piadoso, en Salta, perduraron por siglos.

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