Salta, antaño y hogaño: Salteños bajo el ojo de Blasco Ibáñez
Por Gregorio A. Caro Figueroa.
En 1909 llegó a Salta Vicente Blasco Ibáñez, escritor español nacido en Valencia en 1867. Ya era famoso en el mundo.
Cuando llegó al puerto de Buenos Aires, lo recibieron y ovacionaron treinta mil personas. Tenía 42 años. Hasta entonces, había publicado los primeros de sus 63 libros. Cultivó el naturalismo literario, su obra está sazonada con elementos costumbristas y regionalistas.
Había recorrido decenas de países con insaciable apetito, de aprender y enseñar.
Aunque ateo y anticlerical, dictó conferencias en recintos católicos, protestantes, sinagogas y masónicos. Esas convicciones no están presentes cuando describe, con respeto, el culto al Señor y a la Virgen del Milagro en Salta, cuya procesión presenció en 1909.
En la década de 1920, su nombre y escritos extendieron su prestigio y fama cuando Hollywood comenzó a producir películas con guiones de sus libros más vendidos.
Es el caso de “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” protagonizado por Rodolfo Valentino. En un año, ese libro vendió más de doscientos mil ejemplares. Amasó fortuna con cine y conferencias bien pagas.
Fue republicano, anti monárquico, federalista pero no separatista. Desde 1898, fue electo diputado en siete ocasiones. Impulsó la reforma social, la educación común y gratuita, creó colonias agrarias en nuestro país.
En 1940 se prolongó su obra en cine con Tyrone Power, Rita Hayworth y Anthony Quinn.
Blasco Ibáñez llegó a Salta en tren del ferrocarril Central Norte el que, a partir de 1891, vinculó a nuestra provincia con Buenos Aires y el litoral. Ferrocarril y telégrafo fueron sólidos vínculos de integración. Lo primero que destacó Blasco Ibáñez es el desarrollo de la educación pública en Salta, donde “hay 120 escuelas, 350 maestras y 13.000 alumnos”.
Su libro “La Argentina y su Grandeza”, donde traza una notable semblanza de Salta, lo escribió trabajando hasta 14 horas diarias a su regreso a Madrid.
Ese valioso libro, de 768 páginas, agotó su primera y única edición. Lo redactó en cinco meses, escribiendo hasta catorce horas diarias.
Blasco Ibáñez dice que, en el mapa, el territorio de Salta tiene forma de herradura, rodeando a Jujuy por tres lados, dejando a esa provincia sólo en contacto con Bolivia.
Salta está “tan alejada del litoral, que muchos hablan de ella, en Buenos Aires, como de una ciudad remota, que no fuese la metrópoli de la República”. Calculó que Salta tenía 140.000 habitantes.
Sus edificios son de los más sólidos de las provincias. Aunque afín al anarquismo, Blasco Ibáñez no observó la sociedad con criterios clasistas. “Salta, que tiene una sociedad de abolengo colonial, permanece algo apartada de la vida que se desarrolla en las provincias centrales”.
Es frecuente ver “damas de aspecto elegante y exquisita educación”.
Blasco Ibáñez describe al campesino salteño como “sobrio y parco en sus gustos”: sus necesidades son básicas “al vivir en esta sociedad de carácter patriarcal”.
El remedio a su fatiga es la hoja de coca.
Los que residen en la Puna son “bondadosos, silenciosos y disciplinados”.
Los habitantes de la llanura “son más vivos de genio y más inteligentes que los de la montaña”.
El “gaucho pastor es un jinete admirable”: son “errantes, duros y aventureros”.
Permanecen en Salta “recuerdos venerables de la vida colonial”. Salta posee “un Cristo célebre, el llamado Señor del Milagro”. Su culto incluye a la mayoría de los habitantes de la provincia, moviliza a contingentes de peregrinos de todas las edades. “Hasta del árido territorio de los Andes se ven llegar mestizos e indios con el viejo poncho deshilachado, las melenas lacias y las altas botas resquebrajadas, con clavos en las suelas”.
“La procesión no es triste y de terrorífica solemnidad, como algunas de la vieja España”, añadió. “Nada de tristes colores, de velos fúnebres y gestos compungidos”.
La limpieza del cielo, el perfume de los jardines, “que vibra en el espacio y el carácter dulce de las gentes de esta tierra parecen comunicarse a la procesión, brillante desfile de mujeres hermosas y risueños colores”.
En los peregrinos de la Puna, que bajan a rendir culto al Señor del Milagro, mantienen un “respeto religioso” que inspira la Pacha Mama. Ese singular sincretismo religioso sorprendió a Blasco Ibañez quien, después de una intensa y productiva vida, murió en su residencia en un pueblo de Francia el 28 de enero de 1928. El mismo día que cumplió 61 años.



