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Sáenz en las Sesiones legislativas: “No somos esclavos, no nos van a llevar a patadas”

El Gobernador Gustavo Sáenz llegó este domingo a la Legislatura salteña para la apertura del 128avo período de sesiones legislativas, con media hora de atraso y un hilo conductor que repitió como mantra: “no es un cartel, es una realidad”.

En un acto que, por protocolo, siempre pretende ser un mapa del futuro, el gobernador eligió una pieza de legitimación en presente, construida con memoria de gestión y una advertencia dirigida a un destinatario ausente. Porque ayer domingo, no hubo representantes nacionales de LLA, pero el discurso les habló todo el tiempo. Y, por elevación, a una voz libertaria salteña que viene tensionando la conversación pública, sin nombrarla, pero dejándola flotando.

El ausente como blanco

La ausencia libertaria en el recinto no licuó el conflicto. Al contrario: lo volvió recurso. En semiótica política, eso tiene una ventaja: el “otro” se vuelve signo, no persona, quedando un relato que el gobernador administró: el contraste. Él se presentó “frente a la Casa Rosada”, mientras el presidente cantaba en el Movistar Arena, funcionó como condensación simbólica: la política como intemperie (la calle, la gestión, el reclamo) frente al espectáculo (el show, la tribuna, la selfie, las redes).

Sáenz no dijo nombres en todo el discurso, pero dejó un marco: quienes militan al presidente desde la CABA, y quienes “ponen el cuerpo” en la provincia, y aprovechó el espacio para la humorada subtitulada de autoproponerse para “lo justo”: cantar con Milei en el Movistar Arena.

Federalismo, pero en clave de advertencia

El gobernador volvió a su bandera histórica: federalismo para “despertar al norte”. Esta vez lo hizo con números duros —más de 436 mil millones perdidos por coparticipación— y con una fórmula que buscó instalar: “federalismo al revés”.

La novedad no fue el tema, sino el tono. No habló en abstracto: lo convirtió en ultimátum moral. “No somos esclavos”, “no nos van a llevar a patadas”, lanzó, en un tiro directo a LLA. Pero junto a la épica apareció la contradicción que el propio discurso administró: muchos anuncios dependen de que Nación envíe fondos o cumpla convenios. Obras públicas, plantas, rutas, la 9/34. Incluso el “cumplir como sea” volvió una y otra vez al mismo punto: certificados adeudados, partidas que no llegan. Se reclama autonomía, pero el guión exhibe dependencia o presión sobre las arcas provinciales.

El núcleo emocional: “no es un cartel”

Si hubo una frase-tótem fue esa: “no es un cartel”. Repetida para salud, agua y obras, buscó contrastar el pasado de promesas vacías —con referencia implícita a la gestión de Juan Manuel Urtubey y la disputa por el PJ— con un presente de concreción: hospitales, autopistas, ambulancias, acueductos, escrituras.

El “cartel” como símbolo de simulación; la “realidad” como respuesta. Un mensaje hacia adentro para reforzar legitimidad de gestión, hacia Nación como reproche y hacia la oposición libertaria local como acusación indirecta: critican, pero no resuelven.

El momento de quiebre: la arenga

En el tramo de rutas, el informe se volvió arenga. “Se los pido por séptima vez”, “tenemos que estar juntos”. Ya no era rendición de cuentas sino construcción de frontera política.

El conflicto con Nación ordena el tablero provincial: quien no acompaña el reclamo queda del lado de la “hipocresía”. La retórica del “primero Salta” delimita pertenencia. Hay datos —equilibrio fiscal, deuda en baja, 4,2 billones de presupuesto, 2.763 obras— pero la agenda 2026 aparece condicionada: “si llegan fondos”, “según partidas”, “compromisos nacionales”. Promesas con asterisco.

Salud e IPS

En salud, reafirmó su eje de federalización sanitaria: ampliación del San Bernardo, tecnología en Orán y J.V. González, Historia Clínica Electrónica y Hospital Público Digital. Remarcó que en 2025 no hubo muertes por desnutrición como causa básica de desnutrición en menores de 4 años, un dato sensible frente a sus primeros años de gestión.

Sobre el IPS, recordó la intervención que alcanzó a casi 300 mil afiliados y habló de auditorías y ordenamiento. Defendió la cobertura, comparativamente —35 mil pesos por familia— y cuestionó prácticas que calificó de “hipocresía”, como el uso de prestaciones para inyecciones adelgazantes.

El silencio que también habla: sin género, sin eje específico

En el tramo social y de derechos, hubo alimentación, primera infancia, adultos mayores, deporte, salud digital, federalización sanitaria. Pero quedó un hueco por llenar: no hubo anuncios ni eje explícito en políticas de género. En el contexto actual, ese silencio no es neutro. Puede leerse como cálculo (evitar un tema que polariza), como decisión política (priorizar otras banderas), o como síntoma de época: lo que antes era un apartado obligado hoy puede quedar afuera sin costo inmediato para la narrativa oficial.

Como cada discurso inaugural de Gustavo Sáenz, estuvo presente la liturgia como columna vertebral: Güemes, los gauchos, la “patria chica”, Dios y la Virgen del Milagro. Eso cumple una función: cuando el presente económico es áspero y el futuro no puede prometerse con certeza, el relato se ancla en símbolos indiscutibles. Se gobierna también con sentido, no solo con presupuesto.

El frente provincial como estrategia

En el cierre, reactivó su apuesta al frente provincial “abierto a todos los salteños de bien”, citó a Aristóteles y el “justo medio”, y se posicionó como centro pragmático frente a los extremos nacionales. Una estrategia para absorber peronismo, radicalismo e independientes sin nombrar directamente al PJ provincial.

El discurso logró su objetivo: blindar legitimidad de gestión y convertir la disputa con Nación en capital político local. Pero dejó una verdad visible: Salta reclama autonomía mientras enumera condicionamientos. Se quiere una provincia que no pida limosna, pero buena parte del relato explica por qué sigue negociando en Buenos Aires.

El cierre con “viva Salta carajo” selló la escena identitaria, casi en espejo del “Viva la libertad, carajo” presidencial y no es un detalle menor en la construcción política del espacio saencista que advierte los codazos que deberá esquivar en el 2026.

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