Sí, hubo reunión. Y fue porque sí, nomás. No hubo cumpleaños, aniversario, campeonato ni motivo especial. El “Perrito” Juan Manuel Medina lanzó la propuesta con la simpleza de siempre: “Tengo empanadas, tamales y chorizos. Pongan lugar y fecha y nos juntamos”.
Y así fue.
El sábado, nueve viejas —y siempre renovadas— voluntades se encontraron para hacer lo que mejor saben hacer desde hace más de medio siglo: compartir. Durante casi siete horas hubo risas, anécdotas, cargadas, recuerdos y también silencios dedicados a quienes ya no están para ocupar su lugar alrededor de la mesa.
La comida la puso, íntegramente, el generoso “Perrito”. El lugar fue el búnker de uno de los integrantes del grupo. Pero, en realidad, ni el menú ni la casa fueron lo importante. Lo verdaderamente valioso fue volver a verse.
Quien lea estas líneas quizás no sepa que estos “hermanos de la vida” comenzaron a conocerse hace cincuenta y cinco años, cuando eran apenas unos chicos que compartían las aulas del Instituto Padre Gabriel Tommasini, un colegio franciscano que les dejó mucho más que conocimientos: les enseñó valores que todavía hoy siguen sosteniendo.
Con el paso del tiempo, cada uno construyó su propia historia. Llegaron el trabajo, las familias, las alegrías, los fracasos y las obligaciones. La vida, como siempre, fue separando caminos. Hasta que un día Fredy Collavino decidió empezar a llamarlos otra vez.
Aquella iniciativa terminó convirtiéndose en una costumbre.
Hoy ese grupo vive bajo un lema tan sencillo como profundo: “Nos tenemos, estamos, estemos”.
No se trata de una frase ingeniosa. Es casi una declaración de principios.
Porque a esta altura de la vida uno descubre que los recuerdos son la forma que tiene la vida de quedarse con nosotros después de haber pasado. Son imágenes, voces, olores, lugares y emociones que la memoria guarda; algunas intactas, otras transformadas por el tiempo. Hay recuerdos que abrigan y otros que duelen, pero todos nos delatan quiénes fuimos y, sobre todo, quiénes seguimos siendo.
Quizás por eso la reunión del sábado, que parecía no tener ninguna explicación, terminó encontrando su verdadero significado hoy, el Día del Amigo.
El 2 de julio, cerca de las tres de la tarde, llegó un mensaje a la oficina comercial del diario.
“Por favor, avísenle al dueño del diario que Marta Fernández falleció hoy y la velan en Pieve, exclusivamente de 17 a 22 horas. Gracias. Ella fue su compañera de colegio.”
Se leyó una vez. Después otra. Y otra más. Como si repetir esas palabras pudiera cambiar el desenlace.
La primera reacción fue negar la noticia. “No… debe ser otra Marta. Tiene que ser un error. Una fake news”, pensó.
Llamó a varios amigos del grupo buscando, quizás sin darse cuenta, que alguno le dijera: “Quedate tranquilo, no es cierto.”
Pero sí era cierto. Era Marta Estela, la Marta del grupo.
Y entonces comprendió algo que, aunque todos saben, casi nunca se quiere aceptar: a esta edad se empieza a vivir en una especie de sala de preembarque. Se sabe que el viaje existe. Lo único que no se sabe es cuándo llegará el momento de abordar.
Tal vez por eso ya no hacen falta cumpleaños ni aniversarios para reunirse, porque el tiempo dejó de ser una promesa para convertirse en un regalo.
Hoy, 20 de julio, Día del Amigo, vale la pena decir aquello que tantas veces se posterga. Que los amigos son necesarios. Que son irremplazables. Que la vida sería infinitamente más pobre sin ellos.
Y que nunca se debería esperar una excusa para volver a abrazarlos.
Porque si se creyó que la reunión del sábado fue “porque sí”, hoy, después de todo lo vivido, se descubrió que en realidad tenía un inmenso porqué.
NAG


