Salta antaño y hogaño: Joaquín Castellanos con “El Loco Sarmiento”
Por Gregorio A. Caro Figueroa
En febrero de 1882, Joaquín Castellanos, joven salteño de 21 años, estudiante de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, un anochecer de febrero, caminaba por una antigua calle de Buenos Aires. Allí se cruzó con cincuenta personas que marchaban hacia la casa de Sarmiento quien, ese día, cumplía 78 años. Castellanos se incorporó al grupo de esas cincuenta personas. Cuando llegaron a casa de Sarmiento, éste esperaba en la puerta. Los invitó a pasar al patio, donde había colocado una mesa y, arriba, una silla, iluminadas con un pico de gas. Sarmiento no sólo preparó aquella tribuna: también tenía redactado un largo discurso. Sarmiento, con un rollo de papel, subió a la mesa. De la mesa, trepó a la silla y desde allí lanzó su sermón laico. Castellanos, escuchó con interés y admiración. “Sarmiento se elogiaba siempre, pero nunca con exageración”. Sus auto-elogios no serán vanidosos: eran “proporcionados a sus merecimientos”, recordó Castellanos en 1924. Sarmiento leyó aquel discurso de forma admirable, “sin declamación, pero con ademanes y tonos de voz impresionantes. Sarmiento estuvo formidablemente sarmientesco”. De aquel mensaje, el joven Castellanos, extrajo una conclusión: el valor de las palabras escuchadas o leídas está en las ideas o impresiones que dejan en nuestros espíritus. Aquellas palabras y conceptos de Sarmiento, enseñaron a Castellanos “estimar en lo sucesivo las obras de pensamiento por su poder de fecundación”. La frase y concepto de Sarmiento que aquella tarde quedó, marcada a fuego en la memoria de Castellanos, fue: “Somos parte integrante del Imperio Romano”.
Ese concepto, de Castellanos, pasó a Leopoldo Lugones. Las palabras de Sarmiento estuvieron mezcladas de agudeza, conceptos profundos, de “terrible ironía” y “palpitaciones de honda sensibilidad patriótica”. En aquel discurso, pronunciado seis años antes de su muerte, Sarmiento refutó ese lugar común que afirma que las tareas de pensamiento aniquilan, afirmando que “la experiencia demuestra que por lo general viven más los que viven pensando”. Añadió: “Yo agradezco a la Providencia que me haya concedido, como a los viejos patriarcas, la gloria de vivir luengos años sobre la tierra prometida”.
Cuando Sarmiento dijo esas palabras, los ojos de un anciano que estaba al lado de Castellanos, se cubrieron de lágrimas. Aquel hombre, cargado y doblado por el peso de los años, sintió el orgullo que da el “largo vivir, semejante al del viajero que ha recorrido muchas tierras o al navegante que ha cruzado y recruzado los mares”. “Yo también, muchacho de 21 años, lagrimeé como mi viejo vecino; pero no sólo entonces; no sé porque, y no podría explicarlo, cada vez que he relatado la escena, se me quiebra la voz y se humedecen mis ojos al citar las palabras: “Vivir largos años sobre la tierra prometida”.


