Salta antaño y hogaño: Virutas memoriosas de un salteño
Por Gregorio A. Caro Figueroa
Francisco Centeno nació en Salta en 1862. Falleció en Buenos Aires en 1944. Tenía 82 años. Erudito historiador, publicó en tres tomos, una de sus obras más importantes. Con modestia, la tituló “Virutas Históricas”. Virutas son hojas de “madera debajo de la corteza”, “láminas finas que se arrancan de la madera al cepillarla”.
En la portada de cada uno de los tres tomos de sus “Virutas Históricas”, que suman casi 1.400 páginas, estampó esta frase suya: “Estas fuentes no son luminosas, pero en ellas existen luciérnagas que alumbran rumbos y derroteros desconocidos”.
A sus interesantes “Virutas”, recuerdos sobre la Salta de su infancia, añadió, esa madera sólida, laboriosa y extensa en su recopilación documental. En Centeno recordó sus orígenes. Nuestro hogar, escribió, “fue amasado con sangre y sudor”. Su trabajo en Casa Rosada no fue una dádiva: “jamás hice el papel de empleado sedentario”.
Su padre nació en Cerrillos en 1830. En Sumalao se dedicó al comercio de mulas. Aunque la política no fue centro de sus preocupaciones, fue tan opositor a los Uriburu como contrario a Felipe Varela, Prueba de su laboriosidad son once tomos de “Tratados internacionales de la Argentina” (1810-1861), tarea que comenzó en 1884. A sus 22 años, ingresó al Ministerio de Relaciones Exteriores. Allí permaneció 34 años. Fue Director de su Biblioteca. Organizó el rico archivo de Cancillería.
Nacido en Salta, provincia geográficamente periférica, Centeno demostró con documentos que decenas de salteños fueron altos funcionarios en el servicio exterior argentino, como embajadores o encargado de negocios. Desde 1853 y hasta 1917, sólo en países vecinos como Bolivia, Perú y Chile, sino también en Europa: España, Portugal, Alemania, Austria, Rusia y Japón.
En 1883, el joven Centeno conoció a Juana Manuela Gorriti. Fue su casual compañero de viaje en el tren que, entonces, llegaba hasta el paraje Chilcas, cerca de Río Juramento. Allí había que trasbordar a diligencias tiradas por mulas. Juana Manuela recordó a Centeno en “Tierra Natal”. Lo definió como “joven pulcro y delicado”.
Conoció, tuvo apoyo y trato amistoso a Estanislao Zeballos, Ministro de Relaciones Exteriores, jurista y director de la “Revista de Historia, Derecho y Letras”, en cuyas páginas Centeno publicó varios artículos. Centeno recordó a Zeballos como “prócer”. Lo consideró “mi llorado maestro”. Por Victorino de la Plaza tuvo admiración y gratitud. “Yo no podría decir que fui su amigo, debido a la enorme diferencia de edad, pero con satisfacción digo que me distinguía mucho. Me tomó aprecio”.
En 1928, cuando tenía 62años, Centeno escribió una carta al guardián del Convento San Francisco de Salta. “Antes que la luz desaparezca de mis ojos”. Pensando en “mi hora final”, manifestó su decisión de “ofrendar mi Biblioteca a la erudita comunidad de ese Convento”. Habla de sus “queridos libros” que conservó en “su vieja biblioteca”. “Me desprendo de esta Biblioteca no sin pena y dolor”. En esos libros tenía “sus mejores amigos espirituales”.


