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Salta antaño y hogaño: Un salteño, el primer daguerrotipo argentino

Por Gregorio A. Caro Figueroa

El 15 de octubre de 1845, se logró en Buenos Aires la impresión de un primer retrato en Daguerrotipo, primera técnica fotográfica mundial inventada y aplicada en París en agosto de 1839.

Esa primera fotografía, la más antigua registrada y conservada de la historia argentina, es un retrato del salteño Miguel Otero quien, cuando tenía 55 años, posó para John Benett.  En esa imagen, Otero viste con fina indumentaria; chaleco abotonado, camisa de amplios cuellos, ancho corbatín cruzado y brazo derecho apoyado sobre un libro antiguo. En su vivaz y expresiva mirada afloran rasgos de su carácter: seguridad en sí mismo, manos grandes, fino bigote en puntas, voluntad de poderío astucia y chispazos de picaresca. La imagen original fue donada por Julio Felipe Riobó, al Museo Histórico Nacional. Esa imagen “es sumamente nítida, conserva su estuche original de cuero con un diseño de flores en la tapa y seda violeta en su interior”. En ese Daguerrotipo “resaltan la divisa y el chaleco al que hizo colorear de rojo para subrayar su adhesión al federalismo”, o, de forma ostensible a Juan Manuel de Rosas a quien se acercó y frecuentó en Palermo después de haber logrado relación amistosa con Manuelita, hija del “Restaurador de las Leyes”. Según Abel Alexander, el más importante historiador de la fotografía en Argentina y presidente de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía, el Daguerrotipo llegó a Buenos Aires en 1843. Durante años fue una práctica muy costosa, a la que solo accedieron pocas personas de mayores recursos. Otero fue uno de esos acaudalados personajes.

Miguel Otero nació en Salta el 23 de noviembre de 1790. Murió en Buenos Aires el 13 de julio de 1874, a los 85 años, cuando los primeros trenes llegaban al Noroeste argentino.  Los contemporáneos de Otero admiraron, pero también temieron esa mezcla de astucia, sagacidad e inteligencia práctica. Sorteó tempestades. Cuando tenía diez años comenzó en Salta estudios de letras y latín. Años después en Córdoba cursando Teología. Se mantuvo a flote en turbulentas aguas de la política. Fue exitoso buscador de fortuna. Lo logró, pero años después, tuvo que escapar del Perú porque un dictador lo condenó a muerte y confiscó sus ricos yacimientos mineros en Cerro de Pasco y Huancavelica. Otero fue también un importante comerciante de mulas. Al final de su vida, pese a su defensa ante la Justicia, Otero no logró recuperar la mayor parte de sus bienes. Juana Manuela Gorriti definió a Otero como “hombre grande y de extraordinario talento, pero también de grandes y extraordinarias intrigas”.  Permaneció en Buenos Aires hasta su muerte. Otero sirvió a Rosas. Lo hizo como consejero de asuntos exteriores en casos de relaciones con los gobiernos de Perú, Bolivia y Chile. En 1846, Rosas lo designó ministro Plenipotenciario ante el gobierno de Chile, en mérito “a su lealtad y patriotismo y saber”. En 1848, Juan Manuel de Rosas le otorgó el grado de General.  Un día, invitado a casa de Rufino Guido, éste se sinceró y dijo a Otero que no comprendía “como habiendo sido tan unitario en el Perú”, se hubiera convertido en Buenos Aires en partidario y amigo de Rosas. Días después, Otero respondió por escrito a esos conceptos que consideró “desfavorables y aún ofensivos fundados en errores”. Bajo la dictadura de Rosas, Otero pensó que las provincias argentinas no estaban aún en condiciones “de constituirse en estados soberanos, pues todas juntas apenas podían formar un pequeño estado”.

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