La historia de Edith Román, otro dolor que resuena en el #8M

En el marco del 8M, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, cuando millones de voces en el mundo exigen justicia, igualdad y el cese de la violencia de género, y el freno a la avanzada de agendas que promueven el odio a la diferencia y a las conquistas alcanzadas, en Salta, un padre busca incansable, respuestas por su hija.
Reinaldo Román, padre de Edith Román, de la Comunidad Wichí Betania, asesinada el 13 de diciembre pasado, vive un duelo permanente marcado por la impunidad y hoy marchará por las calles de Salta para que el nombre de su hija no sea silenciado.
Edith tenía apenas 17 años, y esa mañana de diciembre fue encontrada sin vida en una zanja del paraje La Gracia, en Santa Victoria Este. Su cuerpo desnudo, con signos de abuso y violencia extrema, reveló el horror que la justicia aún no logra esclarecer todavía, pero que involucra a un entorno cercano de la joven y su familia, según aseguró su padre en el diálogo con Nuevo Diario.
A pesar del dolor insoportable, Reinaldo no se detuvo y fue recientemente quien encontró una prenda de su hija cerca del lugar donde fue hallado su cuerpo tras varios meses de ese crimen atroz. “Yo mismo la encontré porque no descansé todo este tiempo”, afirma. La desesperación se mezcla con la impotencia al notar que las autoridades no han avanzado con la rapidez que la situación amerita. “No me dan respuesta, no me avisan cómo va el avance judicial”, lamentó y aseguró que, a la fecha, el camino hacia la justicia ha estado plagado de trabas y de impericias por parte de quienes tienen a su cargo la investigación.
Reinaldo denunció además que uno de los principales sospechosos del femicidio de su hija sigue libre, a pesar de haber sido señalado por testigos y reconocido por la comunidad. “Esa persona ya había cambiado la cara, afeitado y todo eso. Y sigue estando libre, no lo detienen”, denuncia con indignación. Las dudas sobre el accionar judicial se multiplican. “Me preocupa mucho porque todavía hay personas que están sueltas”, sumó.
En tanto, la abogada de la familia, Andrea Magadán, aseguró que aún esperan resultados de peritajes clave, pero la lentitud del proceso alimenta la sospecha de que la falta de recursos y el abandono sistemático hacia las comunidades indígenas están demorando la resolución del caso.
La sonrisa de Edith
Reinaldo no evita las lágrimas, mientras su respiración se entrecorta: “Mi hija era una nena muy simpática, amorosa, charlatana. Jugaba con sus hermanos, con su familia, hasta jugaba al fútbol y se dedicaba a estudiar. La meta era que en este año iba a terminar de estudiar, me iba a ayudar para que algún día tuviera un trabajo”, relata. “Mi hija Edith ha sido perseguida porque era una mujer buena, una mujer que podía sonreír, que podía saludar a cualquiera, por eso es que la perseguían; hasta que le quitaron la vida, gente de la misma familia”, remarcó tras un marcado suspiro. “Es gente cercana y nosotros ya no tenemos confianza y lo que queda es seguir en la lucha, pero es muy duro ver que la fiscalía no hizo su trabajo y tuve que encontrar yo su ropita con mis manos”.
Edith no es la única
La tragedia de su asesinato se inscribe en un contexto de violencia sistemática contra las mujeres de las comunidades originarias. “Hace poco hubo dos violaciones más. Pero los padres no hicieron denuncias, tienen miedo”, revela Reinaldo. “Nosotros, como somos indígenas, no tenemos plata. Yo sé que me cuesta mucho porque no tengo dinero, y me parece que por eso la justicia está demorando”, sentencia con crudeza revelando años de violencia estructural que son el trasfondo de estos crímenes de odio.
La historia de Edith Román es la de muchas mujeres que hoy serán recordadas en las marchas del 8M, en un país donde el retroceso de derechos y el vaciamiento de políticas públicas agravan la situación de vulnerabilidad.
“Mi hija, y otras más, hoy no van a poder seguir sonriendo, viviendo, y quiero hablarles a las familias de esas chicas para que pongan sus manos en sus corazones y escuchen el latido de sus hijas, hermanas, y que sepan que Dios tiene la respuesta…porque fue Dios el que me ayudó a encontrar su ropita y me dijo que nada puede permanecer oculto a sus ojos, más allá de las heridas, ellas viven para siempre en nosotros y en nuestra lucha”, finalizó.